Todas las fiestas de mañana: Velvet Underground “Velvet Underground & Nico”

¿Qué hubiera sido de mi vida sin The Velvet Underground? De entrada, nunca hubiera vivido ese momento en el que una de las mujeres más guapas que he visto en la vida se detuvo a platicar conmigo un día mientras caminaba vacacionando por Boston, sólo porque le gustó mi playera del platanito. Pero más allá de eso, independientemente de cuántas veces haya yo escuchado las canciones del grupo, es claro que a todos los grupos que me gustan les gusta The Velvet Underground y que de cierta forma le deben su existencia. Así de fácil. De hecho, la primera edición de su primer disco vendió bien poquito (alrededor de 10 mil discos), pero como dijo Brian Eno “casi todos los que compraron ese disco formaron una banda después”.

Vale la pena hacer un poco de historia.  The Velvet Underground viene de la genialidad de Lou Reed y John Cale, dos grandes músicos que, como corresponde a la gente de su estatura, terminaron odiándose después de trabajar un rato juntos. En 1965 se juntaron en Nueva York y formaron esta banda a la que le dieron el nombre que le dieron a partir de un libro que se llamaba como se llamaron y que trataba de las subculturas sexuales en los 60’s (esencialmente, el libro exploraba todas las formas de sexualidad afuera de la relación marido-mujer, desde el amor entre adolescentes hasta el que puede llegar a existir entre un hombre y un burro).

Como le suele pasar a muchos grupos, comenzaron a hacer música y anduvieron rolando por ahí sin que nadie los pelara. Y eso fue así hasta que conocieron a Andy Warhol, quien se asumió como su productor y se dedicó a promoverlos por donde pudo (es decir en todos lados, la frase no necesariamente tiene que ver con la anatomía de este señor). Y bajo su tutela y patrocinio, editaron su primer disco, el del platanito. Warhol tuvo dos contribuciones importantes: por un lado, ideó la portada con el plátano amarillo que decía a un lado “pelar lentamente” y, de hecho, en las primeras ediciones el plátano se podía pelar y debajo de la cáscara había un plátano color rosa (chale); su segunda contribución fue la presencia de Nico, una modelo alemana que terminó cantando tres de las canciones del disco y por el cual se llamó “The Velvet Underground & Nico”.

Musicalmente, el disco es excelso, moviéndose del pop más elegante a la intensidad de un viaje de drogas de esos acá intensos. Y aquí, creo que por primera vez desde que empecé el blog, le voy a dedicar un par de palabras a cada una de las canciones:

Sunday Morning, es una canción absolutamente feliz, que empieza con campanitas celestiales y una tonada que recuerda una caminata alegre, como de esas cuando descubres que estás enamorado y mientras caminas vas saludando a todos y repartiendo felicidad, mientras te preguntas si todo el mundo estará enamorado, feliz y con cara de idiota como tú.

Waiting for the Man, es, esencialmente una canción de rock con una de esas tonadas clásicas de la pareja Reed / Cale, y construida cuatro dos notas que se repiten como para hipnotizar al que la escucha, hasta que aparece un sobresalto con dos notas nuevas. Y la letra, es Lou Reed que nos cuenta como está esperando, con dinero en mano, a su dealer de heroína.

Femme Fatale. Esta es la primera de las canciones que cantó Nico y, quizá, la canción más famosa del grupo. Y con toda razón. Es una combinación precisa, con la música relajada como tarde de domingo, mientras Nico nos avisa que hay viene la Femme Fatale, que nos va a romper el corazón en dos pedazos y que nos va a hacer pensar que sí se puede para luego partirnos la madre.

You’re written in her book

You’re number 37, have a look

She’s going to smile to make you frown, what a clown.

Little boy, she’s from the street

Before you start, you’re already beat

She’s gonna play you for a fool, yes it’s true

 

Venus in Furs. En esta canción aparece una técnica llamada droning, en la cual Cale estaba muy clavado. El asunto es que hay un sonido de fondo que sirve como cama para la canción (así como suenan las gaitas que tienen una nota base sobre la que se construye el resto de la música), que en este caso es una viola. Y la letra, bueno, la letra habla de sadomasoquismo, de la banda esta que les gusta que los amarren y así. Pura dulzura.

Run, Run, Run es un blues hecho y derecho que en ocasiones suena al Mississippi y a veces suena como a Bob Dylan. Y sí, como es tradición en las canciones de Lou Reed, habla de gente buscando drogas en Nueva York.

All Tomorrows Parties, cantada por Nico, suena como a una fiesta ácida en el Nueva York de los sesenta. Habla, justamente, de lo que Lou Reed veía todos los días en The Factory (el estudio que Warhol tenía en Nueva York y donde se juntaban, esencialmente, artistas, drogadictos y modelos y por donde pasaron Mick Jagger, Salvador Dalí, Jim Morrison, Truman Capote, William Burroughs y un larguísimo etcétera). Era, evidentemente, la canción favorita de Warhol y es justo como para tumbarse a escucharla sin moverse ni pensar ni nada.

Heroin, empieza siendo casi la continuación de Al Tomorrows Parties hasta que de repente se ponía toda loca. Con ruidos raros, el ritmo acelerado, los tambores. Es una canción que está en todas las listas de las mejores canciones de la historia (además, hay un capítulo de esta novela de Martin Amis “The Rachel Papers” donde se escucha y que me trae muy buenos recuerdos) y, dado su título, creo que no hay que decir de qué habla.

Una anécdota: hace algunos años, los amigos solíamos ir a este antro de mala muerte llamado el Burbu Rock, allá casi enfrente del Mama Rumba de la Roma. Entre otras cosas, en el lugar tocaba el dueño del bar con su grupo. Tocaban rock viejito y blues y cerraba hasta muy tarde. El dueño y cantante se parecía mucho a Lou Reed y nosotros siempre éramos los insoportables que todo el tiempo le pedíamos a gritos que tocara Heroin. Siempre nos veía con cara de cansancio y nunca la tocó.

There she goes again, es un rockcito a todo dar. Tranquilo y sin complicaciones. Cuatro cuartos hablando de la chica que le gusta.

I’ll be Your Mirror, es, otra vez, la canción de pop perfecta que trae esta guitarra que de alguna forma recuerda a “Here comes the Sun” de los Beatles. Y es la que suena a como suenan un chorro de bandas indies (desde Belle and Sebastian hasta The Clientele). La voz de Nico (que siempre me pareció fea y demasiado masculina) suena bien, suena como seta voz de hada madrina que te va diciendo como están las cosas. Y es un verdadero deleite.

The Black Angel’s Death Song, es una canción inquietante, con esta viola que suena como a una cosa dodecafónica, onda John Cage, y Lou Reed recitando la letra por encima.

Y finalmente, European Son, que suena como a rockabilly y surf, y otra vez Lou Reed entrándole más que a cantar a recitar, en una especie de protorap que de repente es roto por sonidos de vidrio que se rompe y la guitarra que entra como en una canción country alocada.

Todo el disco, todo, es muy bueno. Y es algo que todo el mundo debería escuchar por lo menos una vez en su vida.

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Manos Lentas: Interpol “Antics”

Seguramente es algo totalmente casual, pero el caso es que después del 9-11, la gran mayoría de las bandas trendsetters comenzaron a salir de Nueva York y lo bueno, para muchos de nosotros, es que volvieron a poner de moda el rock y los guitarrazos. Hay una primera gran generación de grupos que comenzó a marcar esta tendencia: The Strokes; The Yeah, Yeah, Yeahs, y The Rapture, por ejemplo. Interpol es parte de esta primera camada post atentados en el World Trade Center. Y durante un buen rato me gustó mucho.

Las disqueras independientes.

El primer disco de Interpol fue editado en 2002 por Matador Records. Aquí vale la pena hacer un alto en el camino. Matador es una de las principales disqueras independientes de la actualidad (es decir, que no tiene vínculos con ninguna de las grandes multinacionales como Sony, Emi, Warner, BMG o Universal), y para muchos de nosotros ha sido un referente permanente.

No sé si a ustedes les pase, pero cuando voy a comprar libros y no sé en realidad qué quiero, suelo fijarme en cosas de editoriales específicas; es decir, llego a la librería y me voy derechito al mostrador de Anagrama o de Ediciones del Acantilado que sé, dados sus criterios de selección y publicación de libros, que muy probablemente tendrán algo que me guste. Sí, hay veces que no sucede, pero con alguna regularidad me llevo sorpresas muy agradables.

En el mundo de los discos la cosa no era así, simplemente porque estas grandes casas editaban de todo y de manera indiscriminada, siempre y cuando les trajera una considerable retribución económica. Y de repente aparecieron en mi vida DFA (la disquera de James Murphy, el de LCD Soundystem) que entre otras cosas ha editado a The Rapture y Hot Chip, y Matador Records, que ha sido un gran referente y que ha tenido en su catálogo cosas del tamaño de Belle & Sebastian, Cat Power, Pavement, Modest Mouse, Spoon, Teenage Fanclub, Arcade Fire, Mogwai y The New Pornographers. En México, quizá la mayor disquera de este tipo es Noiselab que trae varias cosas del catálogo de Matador y ha editado cosas indie mexicanas como Zoé y Chikita Violenta.

La aparición de estas disqueras, ha hecho que uno esté sentado en su casa pensando en que no sabe que escuchar y decir “bueno, vamos a ver que han editado estos güeyes” y descubrir cosas buenas, regulares y malas. Y eso ha hecho del mundo un lugar mejor.

De Turn on the Bright Lights a Antics.

El caso es que en 2002, Matador editó Turn on the Bright Lights, primer disco de Interpol, y para muchos de nosotros fue terriblemente revelador. De repente, resulta que sale una banda que suena como a una actualización 2.1 de Joy Division, y lo más cabrón es que empezó a tener éxito. De repente, uno veía a un chorro de chavitas fresas cantando música que antes sólo escuchaba un grupito de outsiders que hubieran sido considerados, en el mejor de los casos, como freaks.

A mí me gustó el disco, pero el que de verdad me parece buenísimo es el Antics, editado también por Matador en 2004. Y es que uno que estuvo clavado en la onda de soy dark y “me gusta la música triste” y “tú no me entiendes porque ps no ves la vida como se ve desde la realidad” como que andábamos necesitando que alguien llegara a refrescarnos el asunto de cortarnos las venas.

Pervertido público en Madrid.

Compré el disco, justamente antes de irme a vivir a Madrid por un tiempo. Y coincidió con la adquisición de mi primer reproductor portátil de MP3. No fue un Ipod, fue una cosa más chiquita, de esos que les caben como 500 megas de música que estaba de barata en la FNAC de Callao. Este aparatito contribuyó a que mis caminatas madrileñas se extendieran por horas y horas y horas, y como era de esperarse varias canciones del Antics se soltaban con regularidad.

Y justo por eso, tengo esta imagen mía dando una vuelta por el barrio de Malasaña por la mañana, lejos del tradicional ajetreo nocturno, con este aire de tristeza que tienen los barrios de fiesta cuando los bares están cerrados y hay este sentimiento como de cruda generalizada escuchando Public Pervert. El sol pegando en los edificios de Fuencarral mientras Paul Banks canta “If time is a vessel, then learning to love, might be my way back to sea”. Y todo de repente parecía tener sentido.

 

Creo que mi canción favorita del disco es Slow Hands. Suena como a la música que le hubiera gustado a Schiller si hubiera nacido en nuestra época. La tonada está coqueta y tiene pasajes de estos que lo se le quedan a uno pegados en la memoria y no se van por un buen rato “can you see what you’ve done to my heart?”. De alguna manera extraña, la canción me animaba y lograba ponerme feliz y con ganas de fiesta.  Y además, traía estas frases memorables como “you make want to pick up a guitar, and celebrate de myriad ways that I love you”.

 

Los conciertos en México.

Y estaba Evil. Con esta canción tengo un recuerdo muy particular. Cuando regresé de mis días de Madrí, resultó que como nunca me había tocado ver en la historia, había en el DF una serie de conciertos internacionales de harta calidad (recuerdo que recién llegado a la ciudad, por obra y gracia de mi hermano, terminé en el Palacio de los Deportes escuchando a Weezer). Ese año, México entró oficialmente al circuito de conciertos del rock y la música indie (sí, había habido ya conciertos antes, pero nunca tan seguidos y tan buenos como a partir de 2005). Y tocó Interpol. De hecho, el concierto al que fui estaba programado para ser en el Word Trade Center pero terminó siendo en el Palacio de los Deportes porque en el primer concierto casi se cae el piso del lugar por la cantidad de gente y la  brincadera. Recuerdo la imagen, moviendome como si estuviera hipnotizado, escuchando Evil y mirando a la banda sin creer del todo que estaba pasando (quién haya vivido como yo la oscura noche de los conciertos en México, cuando no venía nadie a tocar, me entenderá). A partir de esa ocasión, he visto a Interpol como tres veces (la última muy a fuerza y de lejos en el Corona Capital del año pasado) y debo admitir que, ahorita, la perspectiva de verlos en vivo me provoca una güeva infinita. Pero en aquel 2005 (qué lejano se escucha eso) de verdad me causó mucha emoción.

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Clásicos de verdad: Henryk Górecki y Arvo Pärt.

Este post es quizá el más alejado de lo que ha sido el blog hasta ahora. Y les aviso desde ahorita: la cosa va de música clásica. De entrada, y por una cuestión de afinidades musicales y por lo distinto del asunto, se trata de dos discos y no de uno sólo (en la cuenta, de manera totalmente tramposa, contará sólo como un disco) y por primera vez no estaremos hablando de música escrita en cuatro cuartos ni de guitarrazos y baterías cadenciosas.

Estos son los dos discos de música clásica con los que más clavado he estado en la vida y, curiosamente, guardan muchas similitudes entre sí. Ambos están hechos por compositores que nacieron en el antiguo bloque soviético y tienen una profunda relación con la música sacra europea. Ambos compositores son de los músicos más influyentes de la última década del siglo pasado. Ambos refieren a obras que nacieron el mismo año en que yo nací y que, más allá de eso, han logrado conmoverme casi hasta las lágrimas.

El primero es la Tercera Sinfonía de Górecki (se pronuncia goreski, por si a alguien le interesa), particularmente la versión que grabó la London Sinfonieta, dirigida por David Zinman, con la soprano estadounidense Dawn Upshaw (quién de alguna forma tenía la voz perfecta para esta obra). Henryk Górecki nació en Polonia en 1933 y a pesar de haber vivido los momentos más rudos del comunismo, mantuvo un profundo catolicismo que lo llevó a la creación de obras de una espiritualidad intensa. La tercera sinfonía la escribió en 1976, un par de meses después de la primera vez que yo abrí los ojos y pude ver la luz del sol.

Evidentemente, la descubrí mucho tiempo después, en casa de quien en aquél entonces era uno de mis mejores amigos y que, como suele suceder cuando la vida te va llevando por distintos lados, ahora apenas veo. En nuestra primera adolescencia, yo solía ir a casa de este güey y nos juntábamos, esencialmente, a fumar y a escuchar discos de Hard Rock: Guns N’Roses, Skid Row (hijoles, ¡cuántas veces escuchamos los dos primeros discos de Skid Row! Ignoro si hayan hecho más, pero con lo que publicaron hicieron el daño suficiente). Su padre hacía estas reuniones llamadas “audiciones” en las que se juntaba con otros amigos suyos a un ritual muy similar al que teníamos nosotros, sólo que ellos fumaban, tomaban whiskie, escuchaban música clásica y luego discutían sobre los autores. Un día, mi amigo y yo no pudimos escuchar nuestros discos de metal porque había audición en su casa y la obra que escucharon fue, justamente, la tercera sinfonía de Górecki.

Recuerdo que me impactó, y pedí las referencias del disco. No lo compré hasta muchos años después. Es una cosa impresionante. El primer movimiento es Lento – Sostenuto Tranquilo ma Cantabile y es larguísimo (dura casi 27 minutos). Al principio no oyes nada, y poco a poco vas notando los contrabajos siguiendo una melodía profunda y triste. Luego, en canon, se unen los chelos y las violas y poco a poco la melodía se va entrevarando en sí misma, hasta que la aparición de los violines la hace sonar como una explosión. Y así como fueron apareciendo, los instrumentos comienzan a callarse hasta que al final sólo se oyen los violines como un gran lamento. Luego viene una pausa que da pie a la aparición de un piano que toca una sola nota. Y entonces ella empieza a cantar. La letra es una especie de poema atribuido a la Virgen María en el siglo XV en la que ella se entristece por la inminente muerte de Jesús Cristo, pero es aplicable esencialmente a cualquier madre que pierde a un hijo.

El segundo movimiento también se mueve despacito, y su tiempo pausado suena más esperanzador y hasta relajante. Incluso la voz de la soprano te hace pensar en… bueno, en un chorro de cosas. Aquí la letra es una plegaria escrita por una mujer polaca que estaba encarcelada y que decía, de manera contundente “Mamá, no llores, no” para luego soltarse con una petición de auxilio a la “Inmaculada Reina de los Cielos”. Y el tercer movimiento es terriblemente conmovedor, con el sonido de los chelos balanceándose con ansiedad sobre la línea continua que tejen los violines. Y la voz de esta mujer, nuevamente con el lamento de la madre que busca a su hijo y no puede hallarlo.

La obra fue muy famosa al cierre del siglo pasado. Y grandes músicos y críticos señalaron que su valor artístico no se comparaba con su éxito comercial. Yo, la mera verdad, creo que estaba celosos. El punto es que me clavé, una vez recuerdo que perdí el disco y no lo encotré de nuevo, compré otra versión, la de la Sinfonieta de Cracovia, pero no era lo mismo y lo busqué y lo busquñe hasta que pude comprarlo otra vez. Y es una de las obras de música que más me gustan en al vida, pero que nunca he escuchado acompañado. Bueno, una vez en la Sala Nezahualcoyotl, yo fui sólo pero terminé topandome con amigos ahí que nunca pensé que les gustara la tercera. Aquí les dejo una probadita con esta versión del segundo movimiento (la soprano no le hace nada de justicia a la versión de Upshawn, pero ps la iglesia está padre y es lo que hay).

El segundo disco lo descubrí gracias a De Swaan, y es del compositor de Estonia (¿Estoniano?) Arvo Part. Un día, la primera vez que trabajé con él, pasaba por su oficina y escuché esta cosa minimalista pero terriblemente expresiva que salía del aparato de sonido que solía poner a todo volumen para que nadie a su alrededor se lo perdiera. Entré, así como en tienda de discos, y le pregunté qué era. Poco después de lo regaló para mi cumpleaños.

Arvo Párt es heredero de la música sacra y un firme militante del movimiento minimalista. Ha escrito mucha música coral y música sinfónica (de hecho, hace un par de años estrenó esta sinfonía llamada Los Ángeles, en honor a la capital del cine, así como Mozart le puso Praga a su sinfonía No. 38, sinfonía que, lo que sea de cada quien, está bien loca, así como para uno de los momentos raros de esta peli de Lynch Mullholland Drive).

Pero, a pesar de que hay cosas que me gustan mucho de él, me quedo con este primer disco que escuche: Alina. De hecho, el disco mezcla dos obras que son, Fur Alina y Spiegel im Spiegel, y que hacen una simbiosis muy interesante. Fur Alina es una obra que Part tocó por primera vez en 1976, un mes antes de que yo naciera. La obra es simple, es precisa, es perfecta. Después de escuchar los primeros dos minutos uno no puede estar en otra situación que no sea la de melancolía absoluta. Un piano y un chelo dialogando casi sin quererlo. Las notas cayendo lentas como gotas de agua. Y los silencios, los malditos silencios.

Este es un disco al que regreso mucho. De alguna forma me trae paz cuando la cosas se pone muy densa en la vida. Pero creo que, ahora sí, difícilmente podría explicarlo con palabras, así que mejor se los dejo para que lo escuchen.

Y por ahí, como bonus, les dejo una entrevista que le hace Björk a Arvo Pärt, muy curiosa porque los dos tienen un inglés de acento raro.

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I got a nasty habit called rock and roll: The sounds “Living in America”

Por ahí de 2002 – 2003 tomé una de las decisiones más importantes que he tomado en mi vida. Estaba en una fiesta (quizá es demasiado decir fiesta, era una reunión cacahuatera) y sonaba Peter Gabriel. Uno de los asistentes comenzó a lloriquear, cantando la canción a todo volumen, y luego soltó un discurso entrecortado por su intoxicación etílica y el sentimiento que lo había invadido por la canción de “El maestro” (sí, hay banda que así le dice), en el que decía que no había músico más grande en el mundo. Después de eso, sonó una canción de Queen, y el susodicho comenzó a hacer un pasito como de Freddy Mercury, mientras cantaba “anodedandan dedosta, anodedandan dedosta”, luego nuestro amigo puntualizó que Mercury era un genio, uno de los pocos, que qué lástima que era joto, pero un genio. Al final, cansado y extasiado, se sentó en un sillón y gritó para quien quisiera oírlo que ya nadie hacía buena música y que todo lo bueno era de tiempos anteriores. Después de semejante espectáculo, juré que nunca, nunca, nunca iba yo a ser como él. No me arrepiento.

A partir de ese momento, comencé a hacer un esfuerzo por mantenerme actualizado, por escuchar y buscar cosas nuevas de manera constante. Me daba miedo pensar que existían estaciones de radio como Universal Estéreo o El Fonógrafo, en las que los locutores nunca más en su vida iban a decir “… y esta canción es un estreno”. Así, buscándole y con el apoyo de mi hermano que aún vivía su juventud y me decía que dejara de escuchar canciones de abuelito, y que además pasó una temporada en Noruega y se empapó de música escandinava, llegué a The Sounds.

Son un grupo sueco, y aquí quiero hacer un paréntesis nada más para señalar que los suecos están haciendo muy buena música. Por lo menos la hicieron en la década pasada. Peter Bjorn and John, The Hives, los Teddy Bears, The Radio Dept., Lykke Li y, sobre todo, The Knife, son buenos ejemplos de esto que digo. The Sounds pertenece a esta generación de grupos.

Una cosa peculiar de esta banda, es que no es nada extraordinario. No hacen cosas experimentales, ni mezclan géneros, ni han cambiado la historia de la música. Hacen rock pop con un chorro de guitarrazos, canta una güera (y pocas cosas más sexys en el mundo que una chica cantando rock) y su música sirve para prenderse y para divertirse. Y a mí me gusta; me gusta mucho. De hecho, las grandes publicaciones de rock, sobre todo las más mamonas como Pitchfork y la New Musical Express no los pelan mucho, pero ¡ah! cuántas horas de diversión me han generado. Una cosa más: a veces me ha tocado poner música, la mayor parte de las veces en fiestas de amigos, algunas veces en bares, y algo que he notado es que siempre, cuando pongo una canción de estos tipos, las chicas bailan, los muchachos sonríen y un par de personas se acercan a preguntar ¿oye, quién toca esto?

De hecho, creo que hubieran podido ser muy famosos en México. Un amigo que ha vivido gracias a la música por mucho tiempo me contó que el día que le presentó a The Sounds al programador de la estación de radio que decide lo que se escucha en la ciudad,  el muchacho con total pendantería le dijo, “mmmh, si, pero no lo voy a poner”. Y no lo puso. A pesar de eso, cada vez que vienen hay una buena cantidad de gente que  los conoce y se emociona con ellos

El caso es que están anclados en el glam, la guitarra bien distorsionada y machina es una presencia constante, hay teclados que recuerdan a los ochenta y la actitud sexosa de Maja Ivarsson (quién es bisexual y ha dado muestras constantes de su amor por las chicas) cierra el círculo de manera perfecta. Su primer disco se llama “Living in America”, ese es también el nombre del primer sencillo, que es por el que los conocí. Y la letra, la verdad, es que como que no tiene mucho sentido, hablar de estrellas porno adolescentes y de que no están viviendo en América. Pretty mucho, pero hijos, qué poderosa es y mucho más con el video y el marchadito de la mujer esta Maja.

Rock & Roll es una belleza. Es cachonda, es rítmica y siempre que alguien la escucha porque la suelta el shuffle del Ipod se pone a mover el piecito y me pide que se la pase. Y lo increíble es que logre eso con total sencillez. El bajo, el xilófono, y la mujer ésta cantando retadora “something sweet or something strong, seems like love no longer can turn me on, like boy meet girl and girl need boy, I got a nasty habit called rock & roll”. Toda una declaración.

Y finalmente les dejo Seven Days a Week, que suena, justamente como a la declaración de amor que quisiera que me hicieran. Rockeando y si mayor complicación.

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Música para tardes de domingo: Belle and Sebastian “The Boy With the Arab Strap”

Belle and Sebastian es la primera banda indie de la que caí enamorado (claramente, caer enamorado es un anglicismo, pero me gusta; enamorarse está bien pero la frase en inglés to fall in love , me parece mucho más gráfica y mucho más certera pues cuando uno se enamora, literalmente se cae y se mete un madrazo que lo deja a un pendejo, pero bueno, hasta aquí con la digresión). Es la primera de mi lista y, cuando esto sucedió por ahí de 2001, aún no tenía yo idea de todas las consecuencias que en mi vida tendría mi gusto por la música indie (consecuencias no tan funestas, como el caso de Daniel que recién acaba de divorciarse bajo el sòlido argumento de que a su ex esposa no le gustaba la música indie).

Segunda digresión: ¿qué es el indie? Es difícil el asunto, porque si bien así se ha llamado a una corriente musical, tiene menos que ver con como suenan las bandas y más con cómo han sido producidas. El caso es que los indies (que viene de independiente), son gente que ha hecho su música, la ha grabado lejos de las grandes disqueras, la ha dado a conocer y ha tenido éxito (o no), sin recurrir a los métodos tradicionales de marketing y esas cosas.  Y esto ha sido posible gracias a las computadoras, que hoy le permiten a uno tener un estudio de grabación en la mac de su casa, y que con internet y sitios como el difunto MySpace, ofrecen la mayor plataforma de difusión del mundo. En buena medida el indie es hijo del movimiento alternativo de los 80 y 90, de las bandas como Pavement, The Jesus and Mary Chain y The Red House Painters (así de ecléctico) que empezaron grabando en disqueras muy chiquitas y tal.

Bueno, Belle and Sebastian son escoces y son indies. Y su disco “The Boy With the Arab Strap” es simplemente genial. Y sí, el disco suena a la neblina de la campiña escocesa (sin gaitas y sin William Wallace), tiene ese aire de sociedad católica, pero ps ya no tanto, y de tardes de neblina y te y de cómo que estoy en el primer mundo, pero ps tampoco tanto. Y como muchas bandas, es producto de la obsesión con la música de una personas (iba a poner de un hombre, pero luego se enojan l@s feminist@s, y son bien insoportabl@s cuando se enojan), y esa persona es Stuart Murdoch, quien dio vueltas y vueltas por Glasgow buscando a jóvenes talentos que quiesieran formar una banda con él y que es a quien debemos la voz esa toda suave y las letras todas… pues todas así como son las letras del grupo.

Para los que se preguntan si el nombre de la banda tiene algo que ver con la caricatura, la respuesta es sí. El grupo se llama así en honor al libro infantil que dio pie a la caricatura esa toda cursi que pasaban en el cinco en nuestra infancia.

Musicalmente son herederos del pop folk de los 70, Simon & Garfunkel y tal, pero sobre todo de Donovan (a quien llamaron el Bob Dylan Británico, lo cual está medio jodido porque siempre está jodido ser “el algo de algo”) y de Billy Bragg (de quien me declaro fan absoluto).

Sus canciones flotan sobre instrumentos acústicos y la batería tocada con escobillas y trompetas ocasionales que les un cierto tono épico, en general se trata de melodías suaves y que tienen esta mezcla de alegría u melancolía de las tardes de domingo. Su música emana cierta paz que contrasta con lo crudo y a veces violento de sus letras (“He had a stroke at the age of 24 It could have been a brilliant career” dice justamente la primera línea de la primera canción del disco que luego se suelta a contar estas historias truncadas, con una aire grandioso de literatura juvenil, onda The Catcher in The Rye).

Las letras también suelen ubicarse en este periodo de transición donde uno es joven, muy joven, y está viendo que onda con la vida, y habla de indecisiones y de ese momento en que uno no le encuentra sentido a la vida y a veces, sólo a veces, suena como a que de verdad ese sentido nunca va a aparecer más allá de los flirteos adolescentes y este sentimiento de no caber en el mundo . “I know the truth awaits me, but still I hesitate because of fear”. Y todo con este tono que lo hace a uno acordarse de esta película de Jean Luc Goddard “Band a Part”, o imaginarse un video en Super 8  de una chica rubia guapísima dando vueltas con el sol pegándole en pleno y haciéndole como un aro de ángel).Todo el disco es genial, pero nuevamente tengo que llegar a mis canciones favoritas. Dirty Dream Number 2 no niega su herencia de los 70 y de Serge Gaingsbourg y los chicos de playeras de rayas verticales y de chicas con bandas en el pelo:

A choice is facing you, a healthy dose of pain

A choice is facing you as you stare through the rain

A choice is facing you but I choose to refrain

for today tomorrow we’ll be back in trouble again.

Canta Murdoch y ante el desastre en el que parece convertirse todo, se lamenta después “Why is this happening to you? You are not a child”, para luego dar paso a la mujer esta que por encima del violín recita “en un pueblo tan pequeño, no hay mucho más que hacer”.

La canción que cierra el disco es también increíble. Es, como su nombre lo indica un viaje en la montaña rusa, pero los sobresaltos no están en la música que es muy pausada, lenta y parsimoniosa, sino en las emociones que provoca con este sentimiento como de resignación ante la inevitabilidad de la vida. Personalmente, recuerdo tardes de domingo fumando, inmóvil frente a la ventana, dejándome llevar ante la contundente de esta canción repitiéndose una y otra vez hasta que la luz se decidía a irse y todo lo que quedaba era la brasa encendida del cigarro.

y sólo por el puro gusto de hacerlo, les voy a dejar también una canción de Billy Bragg.

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Historias del bajo Manhattan: Tom Waits “Rain Dogs”

Tom Waits es grande. En el discurso cuando lo indujeron al salón de la fama, Neil Young dijo, simplemente, que lo que Waits es, es indescriptible. Elton John, más culterano, dijo que Mr. Waits es lo que hubiera sucedido si Jackson Pollock hiciera música.

No deja de ser una afirmación mamona, pero tiene su parte de razón. Tom Waits pertenece a esa clase de genios que a muchos nos ha hecho amar a la cultura norteamericana, más allá del mainstream y MTV y esas cosas: Hopper, Pollock y Rothko en la pintura; Salinger, Carver, y Auster en la literatura; Jarmusch y Lynch en el cine; y en la música, a lado de Waits, Bob Dylan, Lou Reed y Bruce Springsteen. Waits es un ejemplo claro de esta cultura underground de los Estados Unidos que, lejos de las grandes explosiones y todo el blink y la fama, ha ido esculpiendo como el agua que va dando forma a las grutas, lo mejor que la cultura gringa tiene para ofrecerle al mundo.

Existen vasos comunicantes, como el tercer disco de Waits que hace “Nighthawks at the Dinner” que hace una clara alusión a la pintura más famosa de Edward Hopper y uno de los mejores discos de su extremadamente prolífica carrera (17 discos de estudio y contando, más las cosas que ha hecho para teatro y cine). Llegué a él porque el mundo me fue empujando. Una amiga en la universidad, terriblemente guapa, insistió durante años en que la grandeza de Waits pero no la pelé mucho, luego diversa gente me empezó a prestar discos y luego estaba Abel Membrillo que, en su etapa de locutor de Reactor siempre me tocaba en el coche y siempre ponía una canción de Tom Waits en su declarado fanatismo.

Pero Rain Dogs me parece el disco más emblemático de Waits, y el que más he escuchado por obra y gracia de “Downtown Train”. Para quien nunca lo haya escuchado, valdría la pena describir un poco de qué va la cosa. La voz de Waits suena como a un bar perdido en la carretera, como a una garganta que ha pasado por años de bourbon y tabaco. Su música suena a todo: a jazz, a rumba, a blues, a una locura insana y desafiante, suena a un puerto marítimo del siglo XIX, al Brooklyn de los setenta (a pesar de que nació en California), a polka y a música ranchera (dice la leyenda que el amor por la música le nació escuchando la radio en un viaje a Tijuana que hizo con su papá), y suena también a melancolía pura, a un vagabundo pidiendo una moneda y a un vagabundo emocional pidiendo tantito cariño.     

Waits escribió el disco viviendo en Manhattan, en la esquina de Washington y Horatio en el Meat Packing Disctrict. Y se trata de un homenaje delirante a la ciudad de Nueva York. “Downtown Train” es quizá la canción más pop que haya escrito pero es una verdadera joya. La anécdota es sencilla: el tipo este recorre las calles de Nueva York bajo la luna, pensando en las chicas que llegan en metro desde Brooklyn y particularmente en una, a la que ve recurrentemente y de la que quisiera ser su mero bueno. La canción es perfecta, con su dosis de melancolía y su olor a puro Manhattan. (Aquí voy a hacer un experimento y contrario a post anteriores, voy a poner los videos que corresponden abajo del párrafo, para que sea más inmediata la cosa, ahí me dicen si les gusta el formato).

 

Singapore, por su parte, está anclada en lo más oscuro tradición marítima y comercial de la ciudad narra la despedida de un marino, que suena más como a un pirata, que está a punto de salir y cuenta con orgullo parte sus aventuras con una música que suena entre tétrica y divertida.

 

Anywhere I lay my head suena como a una de estas baladas heroicas con instrumentos de viento, pero con la voz de Waits casi como el lamento de un alma en pena y luego, casi al final, el sonido de banda como si estuviera uno en la feria tocando un proto jazz. La frase final de la canción es una declaración de absoluta libertad (y también lo que diría justamente un vagabundo): “anywhere I lay my head, boys, I will call my home”.

Y luego está Time que es una muestra clásica de las baladas a lo Tom Waits, triste, ligeramente esperanzadora, con un pie puesto en el jazz y otro pie puesto sobre la música country norteamericana. Melancolía nocturna establecida en Harlem, con ligero tono político y una especie de llamado a la acción, bajo el time, time, time.

 

En 9th and Hennepin, Waits literalmente cuenta, como si fuera un poema y de manera por demás cruda, una noche en la vida de una prostituta de las que solían (la mera verdad desconozco si así sigue siendo) ponerse en esa esquina, sobre la base de un piano casi dodecafónico y un saxofón incómodo. Y está Gun Street Girl, que suena como una noche de jazz en el Upper West Side y Midtown con su sonoridad extraña y su olor a Central Park. Rain Dogs es una obra redonda de Mr. Tom Waits, una buena probada de lo que es su música, pero sobre todo, un homenaje a la parte más oscura y sucia, y quizá por eso más atractiva, de Nueva York.

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