De viaje por el sol de Madrí: Los Planetas “Super 8”

Cuando llegué a vivir a Madrid, en realidad no tenía mucha idea de cómo andaba la escena musical española. Conocía lo que conocimos todos en los 80 y 90 y había escuchado algunas cosas, muy pocas, la verdad, de Los Fresones Rebeldes y de Los Planetas, y tampoco es que les hubiera puesto demasiada atención. No tenía idea del gran trabajo que estaba haciendo la disquera esta Elefant Records, que había editado ya a bandas como La Monja Enana, Le Mans y Family (un grupo seminal que, de hecho, yo no conocería sino hasta varios años después y con el cual nacería una relación de amor profundo y desinteresado de la cual ya les contaré después). Tampoco le había puesto atención al trabajo de otra gran disquera, Subterfuge Records, que entre otras cosas editó a los propios Fresones Rebeldes y a Pauline en la Playa. Vamos, creo que llegué a España pensando que toda la música que hacían allá era como la de los Hombres G (bueno, reconocía ya a Lucha de Gigantes como una de las mejores canciones que se hayan escrito en castellano, pero nada, pues).

Sí, viviendo en Madrid salía de bares con alguna regularidad. De hecho, allá descubrí los placeres de salir de bares sólo, pues la mayoría de la gente con la que convivía en aquellos lares o estaba en esta onda espantosa de los bares de Huertas donde se oía a lo de “dame más gasolina” o a David Bisbal y esas cosas, o les gustaba ir al Pacha a escuchar electrónica de esa pinchona o simplemente no les gustaba salir de bares, mientras que yo prefería la estridencia y el ambiente más cutre del barrio de Malasaña.

Aquí tengo que hacer un paréntesis para hablar de la vida de la gente que pone música en bares.  En general, los pinchadiscos del mundo tienen dos tipos de pesadilla, una es el tipo este que está todo el tiempo pidiendo que le pongan una canción y que llegan a ser insoportables; por otro lado están los fans from hell, que acuden con exagerada frecuencia a preguntarles por la canción que está sonando. Yo soy de la pesadilla clase 2. Pero es que, de verdad, me angustia el asunto de escuchar una canción, que me guste y nunca más tener la posibilidad de volver a oírla.

En Madrid solía comenzar la noche en un barecito de la calle de Valverde llamado el 24. La música era buena y siempre se podía encontrar a alguien con quien convivir. De ahí la noche podía moverse a cualquier lado (al mítico Vía Láctea, por ejemplo, o a un bar mucho más chico que siempre estaba atascado pero que me gustaba porque era un altar para el punk, cuyo nombre era Nueva Visión pero que era conocido por todos como Los Ramones). A fuerza de asistir al 24, y a fuerza de preguntar por las canciones que ponían, se comenzó a forjar una especie de amistad con el de las tornamesas, que me llevaba cd’s con la música que ponía y con el bartender, que era un tipo espigado, de pelo largo, barbón y muy flaco, onda Dave Grohl, que en cuánto me veía entrar al bar me ponía un botellín de Mahou 5 Estrellas en la barra. En uno de esos CD’s venía “Un buen día” de Los Planetas. Además, comenzó a suceder un fenómeno muy curioso, de las tantas veces que me acerqué a preguntar por alguna canción en distintos bares, un buen porcentaje comenzaron a ser canciones de ellos. Dado lo anterior, no pude más que ir a la FNAC de Callao, (que era a la que más iba porque me gustaba ver gente que paseaba en Sol) y comprar algo de Los Planetas. Y lo que compré fue Super 8, su primer disco.

Un poquito de historia. La banda la formaron Jota y Florent por ahí de 1990, y originalmente se llamaban Los Subterráneos en honor, como hubiera hecho cualquier rocker forever, como ellos y como uno, medio a The Velvet Underground y medio a la novela de Jack Kerouack. Se cambiaron de nombre a Los Planetas en 92 y en 94 grabaron su primer LP.

Lo que significó para mí fue enorme. Era la primera banda de rock (y con todas las letras porque Los Planetas hacen rock y no mamadas) que escuchaba en español y cuyas letras, a diferencia de lo que acostumbrábamos en México, no estaban sujetas a la tiranía impuesta por Caifanes que las hacía ininteligibles a fuerza de mezclar palabras místicas inconexas. Las letras eran simples y contaban historias. Y lo mejor de todo es que sonaban bien. Además, musicalmente se ajustaban precísamente a lo que necesitaba en aquél momento: muchos tintes punks, guitarras sucias que recordaban a The Jesus and Mary Chain y riffs que, por momentos, sonaban al mejor Pixies. Desde “Jesús”, una oda eléctrica al fracaso hasta la calma espacial de “10,000”, llena de guitarras distorsionadas y harto flanger, el disco te atrapa y te obliga a visitarlo de manera constante.

Hay tres canciones en particular a las que me quiero referir. La primera es la canción con la que inicia el disco, llamada De Viaje. De repente pones el CD en el reproductor y sin darte cuenta estás envuelto en las notas muy simples, que escalan en cuatro cuartos, y que te hacen sentir como si hubieras abordado una nave espacial. Y luego la voz de Jota, invitando a la chica a subir con él y a salir volando hacia el sol ya que “no queda nada que prolongue mi parada en este mundo, ni un solo minuto.

Luego está ¿Qué puedo hacer?, una canción punk, que suena fresca y feliz y que esencialmente habla de la obsesión amorosa, esa en la que todos hemos caído alguna vez:

Y una vez más,

he intentado convencerte,

pero todo sigue igual

que todos estos años.

Y una vez más

de qué me sirve intentarlo

si ni siquiera me vas a escuchar.

¿Estoy equivocado?

Imposible no sentirse identificado con esta elegía del amor obsesivo, esa que nos ha hecho stalkear gente y necear y necear, aunque está claro que la cosa no va para ningún lado y nomás nos estamos partiendo la madre.

Y finalmente: Brigitte. Una canción de desamor en toda forma. Pero con un twist bien interesante. La letra, habla de esta chica que ha dejado al muchacho porque le perdió la confianza. Aparentemente, esta pérdida de confianza está basada en razones infundadas. “A veces quiero estar así, a veces sólo quiero huir, a veces pienso que tan solo ha sido un sueño y que aún estás aquí”. Triste. Sin embargo, la música no se clava en la tristeza, y te lleva, más bien, a una especie de tranquilidad resignada que de alguna forma te hace sentir bien.

Los Planetas me acompañaron en toda mi estancia española, en interminables caminatas que iniciaban en la Puerta de Toledo y terminaban en cualquier parte, cuando bajaba del metro cuidando de no introducir el pie entre coche y andén, en las bochornosas y larguísimas tardes del verano madrileño, y aún ahora los sigo escuchando frecuentemente. A veces lo hago con malancolía, a veces con euforia y muchas veces simplemente con esta sensación de estar contento por estas escuchando algo tan bien hecho.

Les dejo una versión en vivo de “De viaje” grabada para los míticos “Conciertos de Radio 3”, que tanto alimentaron el buen gusto musical en España. Además videos de “¿Qué puedo hacer?” y “Brigitte”.

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Una respuesta a De viaje por el sol de Madrí: Los Planetas “Super 8”

  1. Sarah Nunez dijo:

    Manlio, me encanta tu blog. Aprendo mucho de musica y me saca de mi ignorancia eterna, aunque sea pasajeramente. Te mando muchos saludos. Sarah

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