Historias del bajo Manhattan: Tom Waits “Rain Dogs”

Tom Waits es grande. En el discurso cuando lo indujeron al salón de la fama, Neil Young dijo, simplemente, que lo que Waits es, es indescriptible. Elton John, más culterano, dijo que Mr. Waits es lo que hubiera sucedido si Jackson Pollock hiciera música.

No deja de ser una afirmación mamona, pero tiene su parte de razón. Tom Waits pertenece a esa clase de genios que a muchos nos ha hecho amar a la cultura norteamericana, más allá del mainstream y MTV y esas cosas: Hopper, Pollock y Rothko en la pintura; Salinger, Carver, y Auster en la literatura; Jarmusch y Lynch en el cine; y en la música, a lado de Waits, Bob Dylan, Lou Reed y Bruce Springsteen. Waits es un ejemplo claro de esta cultura underground de los Estados Unidos que, lejos de las grandes explosiones y todo el blink y la fama, ha ido esculpiendo como el agua que va dando forma a las grutas, lo mejor que la cultura gringa tiene para ofrecerle al mundo.

Existen vasos comunicantes, como el tercer disco de Waits que hace “Nighthawks at the Dinner” que hace una clara alusión a la pintura más famosa de Edward Hopper y uno de los mejores discos de su extremadamente prolífica carrera (17 discos de estudio y contando, más las cosas que ha hecho para teatro y cine). Llegué a él porque el mundo me fue empujando. Una amiga en la universidad, terriblemente guapa, insistió durante años en que la grandeza de Waits pero no la pelé mucho, luego diversa gente me empezó a prestar discos y luego estaba Abel Membrillo que, en su etapa de locutor de Reactor siempre me tocaba en el coche y siempre ponía una canción de Tom Waits en su declarado fanatismo.

Pero Rain Dogs me parece el disco más emblemático de Waits, y el que más he escuchado por obra y gracia de “Downtown Train”. Para quien nunca lo haya escuchado, valdría la pena describir un poco de qué va la cosa. La voz de Waits suena como a un bar perdido en la carretera, como a una garganta que ha pasado por años de bourbon y tabaco. Su música suena a todo: a jazz, a rumba, a blues, a una locura insana y desafiante, suena a un puerto marítimo del siglo XIX, al Brooklyn de los setenta (a pesar de que nació en California), a polka y a música ranchera (dice la leyenda que el amor por la música le nació escuchando la radio en un viaje a Tijuana que hizo con su papá), y suena también a melancolía pura, a un vagabundo pidiendo una moneda y a un vagabundo emocional pidiendo tantito cariño.     

Waits escribió el disco viviendo en Manhattan, en la esquina de Washington y Horatio en el Meat Packing Disctrict. Y se trata de un homenaje delirante a la ciudad de Nueva York. “Downtown Train” es quizá la canción más pop que haya escrito pero es una verdadera joya. La anécdota es sencilla: el tipo este recorre las calles de Nueva York bajo la luna, pensando en las chicas que llegan en metro desde Brooklyn y particularmente en una, a la que ve recurrentemente y de la que quisiera ser su mero bueno. La canción es perfecta, con su dosis de melancolía y su olor a puro Manhattan. (Aquí voy a hacer un experimento y contrario a post anteriores, voy a poner los videos que corresponden abajo del párrafo, para que sea más inmediata la cosa, ahí me dicen si les gusta el formato).

 

Singapore, por su parte, está anclada en lo más oscuro tradición marítima y comercial de la ciudad narra la despedida de un marino, que suena más como a un pirata, que está a punto de salir y cuenta con orgullo parte sus aventuras con una música que suena entre tétrica y divertida.

 

Anywhere I lay my head suena como a una de estas baladas heroicas con instrumentos de viento, pero con la voz de Waits casi como el lamento de un alma en pena y luego, casi al final, el sonido de banda como si estuviera uno en la feria tocando un proto jazz. La frase final de la canción es una declaración de absoluta libertad (y también lo que diría justamente un vagabundo): “anywhere I lay my head, boys, I will call my home”.

Y luego está Time que es una muestra clásica de las baladas a lo Tom Waits, triste, ligeramente esperanzadora, con un pie puesto en el jazz y otro pie puesto sobre la música country norteamericana. Melancolía nocturna establecida en Harlem, con ligero tono político y una especie de llamado a la acción, bajo el time, time, time.

 

En 9th and Hennepin, Waits literalmente cuenta, como si fuera un poema y de manera por demás cruda, una noche en la vida de una prostituta de las que solían (la mera verdad desconozco si así sigue siendo) ponerse en esa esquina, sobre la base de un piano casi dodecafónico y un saxofón incómodo. Y está Gun Street Girl, que suena como una noche de jazz en el Upper West Side y Midtown con su sonoridad extraña y su olor a Central Park. Rain Dogs es una obra redonda de Mr. Tom Waits, una buena probada de lo que es su música, pero sobre todo, un homenaje a la parte más oscura y sucia, y quizá por eso más atractiva, de Nueva York.

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