I am the Resurrection: Stone Roses “The Stone Roses”

Hay algunas bandas inglesas que comparte ciertas características (y no es el asunto de que los vocalistas tengan los dientes chuecos, lo cual, a pesar de que suena a caricatura, es cierto): 1)  es muy fácil trazar una línea directa desde ellos hasta los Beatles (las melodías, las voces y hasta el tipo de distorsión que usan en las guitarras), 2) por alguna extraña razón hacen uno o dos discos y desaparecen 3) basta con lo poquito que hicieron para darle un twist a la historia de la música e influenciar a un chorro de bandas de todos lados del mundo.

Esto pasó, por ejemplo, con The La’s. Sólo sacaron un disco y, de hecho, no estoy seguro de que todo me guste. Pero les bastó con There She Goes, una sola canción, para hacerse un lugar importante en la historia del rock y del pop. Y no me refiero a un one hit wonder, de esas canciones pegadoras que tienen un boom y desaparecen, me refiero a una canción que se seguirá escuchando por los siglos de los siglos y que es la abuela de todo el movimiento indie de nuestros días.

Los Stone Roses son un caso similar. Pero con dos discos que son, ambos, unos discazos. Ellos inventaron el sonido Manchester, y son padres del Brit Pop que tantas alegrías nos trajo en los noventa. Su primer disco salió en 1989, con su portada que parece pintura de Jackson Pollock, y yo me clavé con él hasta el 2000 (ya, no voy a explicar las circunstancias, no lo había escuchado completo y luego lo escuché).

Su vocalista, Ian Brown, fue también el culpable de que yo pasara mucho tiempo perdido en La Condesa de los noventa, ese barrio que no era  la cosa llena de bares feos y mirreyes que es hoy. Esto porque tengo tendencias a ser un fan from hell cuando admiro a alguien y yo sabía que él solía venir a México con mucha regularidad, su esposa es compatriota nuestra, él pasaba los días caminando por el barrio y yo esperaba toparmelo.

Nuevamente, el gran éxito de este disco parece estar en las armonías que por momentos suenan amables y por momentos quieren sonar punk. Todo el álbum suena fresco, con esta onda que, ahora que lo veo es muy inglesa, de darle a la guitarra la oportunidad de generar su propia narrativa. La versión gringa del disco, que es al que llegó a mis manos, empezaba pegándote duro y a la cabeza con cuatro canciones espectaculares.

La primera “I Wanna Be Adored” traía esta introducción larguísima con ruidos extraños que te hacía pensar que tu reproductor de discos se había descompuesto (un poco como el efecto que provocaba el inicio de Zooropa de U2, pero menos drástico) que luego daba pie a una canción pop atmosférico perfecta, caminando en los cuatro cuartos, que te levantaba poco a poquito del suelo y una letra terriblemente enigmática por su simpleza que sonaba a pacto con el diablo “I don’t need to sell my soul, He’s already in me, I wanna be adored” por encima de algunos soniditos que de verdad te hacían sentir como que flotabas cuando al escuchabas con audífonos y la suficiente atención.

Después está “She Bangs the Drums” que empieza con una línea de bajo que presagia un encendido rápido sobre los contratiempos sonando frenéticos, para luego soltarse con una canción que, de tan equilibrada, da vértigo.  “I don’t feel too steady on my feet, I feel hollow I feel weak”. Cada cierto tanto aparece un nuevo ruido en la canción (una guitarra acústica haciendo arpegios, un teclado como queriendo ser celestial) y a pesar de eso, nunca suena sobrecargada y más bien complementa el efecto hipnótico y calmante de la primera canción. “Have you seen her have you heard, the way she plays there are no words, to describe the way I feel”.

“Elephant Stone” es una de esas canciones que me hubiera gustado escribir. Es una de esas canciones que concentra justo lo que siempre esperé de la música. Es alegre y melancólica al mismo tiempo. Tiene esta reminiscencia como de cosa etérea y al mismo tiempo es muy rock. Tengo un recuerdo con esta canción. Voy en mi coche hacia Oaxaca al encuentro de las mieles del amor que me había prometido una chica canadiense que había conocido poco tiempo antes y todo era felicidad: la carretera, los cigarros, la expectativa del amor. Elephant Stone sonó mientras cruzaba, literalmente un cerro, y recuerdo que el momento estaba tan chido que  repetí la canción 4 o 5 veces. Luego el viaje fue un desastre y no hubo mieles del amor, pero sólo por ese recuerdo el viaje valió la pena.

La cuarta canción es, quizá, mi favorita del disco. Waterfall es una canción cool. Todo está bien, el ritmo te hace mover los pies pero despacito. Suena a vacaciones. Al primer trago de cerveza en un día caluroso. A un atardecer rojo en un pueblo de esos coquetos mientras caminas tomado de la mano de tu chica y ella te da un beso en la mejilla por la pura alegría que siente de estar contigo. “She’ll carry on through it all, she’s a waterfall”.

El disco tiene 13 canciones, pero quiero terminar con la penúltima. Esta es la mejor canción que conozco que se haya escrito para esos días en los que ya te estas recuperando del mal de amores. Ese día en que después de mucho tiempo de levantarte todos los días con un hoyo en el estómago preguntándote por qué te dejó si la amabas tanto, te das cuenta de que ya no te importa y que, de hecho, te sientes bien. “I am the resurrection, and I am alive, I couldn’t even bring myself to hate you as I like”

Bueno, los dejo, precisamente con estas dos últimas canciones.  Como plus, una versión rarísima de There She Goes de The La’s, un poquito más prendida.

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