Lento y salvaje como tú: Caifanes “El Silencio”

Uno es un adolescente que escucha rock en un país donde casi no hay rock. Uno es un adolescente en busca de un referente musical en un país donde todo parece estar diseñado para que únicamente sean felices sus primas las fresas. Uno es un adolescente que se siente condenado a aprender inglés o a nunca entender lo que dicen las canciones que le gustan. Y de repente aparece Caifanes.

Lo que inicia en ese momento es, literalmente, una historia de amor. Tienen la estética que has visto en muchos videos, tienen sonidos que ya has escuchado –la influencia de Bauhaus y Joy Division desde un principio eran evidentes, por no caer en la obviedad de compararlos con The Cure y sus pelos parados y su actitud de “miren como estoy triste y parezco vampiro”—y sin embargo, los sientes mucho más cercanos. De alguna forma sientes que son tuyos. 

Para mí fue muy difícil escoger el disco de Caifanes que iba a poner en esta lista. Pasé por los cuatro y todos, incluso el Nervio del Volcán que en general no me gusta, me los sé de memoria. Vamos, hasta me sé las canciones que sacaron cuando eran Las Insólitas Imágenes de Aurora. Mi canción favorita “Sombras en tiempos perdidos” viene en el segundo, que originalmente se llamaba Volumen II y que fue bautizado por la gente como “El diablito”.

Sin embargo, “El Silencio” es el mejor disco que grabaron. Una obra completa donde hay un chorro de víscera, pero se nota además la maestría que habían alcanzado como músicos. Está toda esa onda mexicanista que los que escuchábamos a la banda en aquél entonces habíamos comprado completita y todas estas cosas en las que se notaba que ya estaba la cosa más profesional empezando por el booklet muy bien hecho y terminando, quizá lo más importante, con que lo produjo Adrian Belew.

El Silencio es un disco donde todo sucede. Abre con la energía punk desbocada de “Metamorféame” y cierra con un son jarocho interpretado con jarana y violín que de alguna forma hicieron sonar más oscuro de lo que seguro era. Pero no hay nada, de verdad nada, que se pueda desperdiciar.

“Piedra” es una canción donde la mano de Belew es terriblemente notoria y no es únicamente el sólo de guitarra acústica qué él toca, sino el constante sonido de Marcovich en una búsqueda intensa por encontrar sonidos que salen de la tierra, la mezcla perfecta con los teclados de Diego Herrera que acompañan la canción como una bruma nocturna permanente y la entrada, casi sin darte cuenta, de una canción de banda, mucho trombón y trompetas, que al final termina por apoderarse de todo el espacio acústico. La transición hacia “Tortuga” es natural, de hecho, a veces ni cuenta te dabas de que habías cambiado de canción cuando ya estabas envuelto en esa opresión de teclados que suenan como huesos, la batería perfecta de Alfonso André, que suena justo cuando debe sonar y desaparece cuando el momento dramático así lo requiere, y la voz de Saúl Hernández implorando a la tortuga que se salve, que regrese al mar y que a nosotros nos deje aquí con nuestros pedos.

Si algo define este disco es la madurez. No hay canción en la que sobre nada, aunque “No dejes qué…” ya sea insoportable después de todas las veces que fue escuchada en bares de Coapa, Coyoacán y anexas. Hay momentos de una intensidad que casi se desborda como en “Nos vamos juntos”, esa apología del amor perenne plagada de declaraciones muy fuertes como “nos buscamos para evitarnos” o “y sin embargo aquí estoy, y sin embargo no me voy” y de la guitarra de Marcovich, que venía buscando su propio lenguaje y que parece haberlo encontrado definitivamente en este disco. También está el reclamo profundo de “El comunicador” que, para quienes vivimos la época oscura donde los medios eran dominados por la trinidad Jacobo Zabludovski-Raúl Velasco-Juan Dosal representaba un himno que canalizaba mucho enojo y muchas ganas de libertad a través del saxofón de Diego Herrera.

Estaba también “Debajo de tu piel”, una canción más experimental donde también se nota  Belew y que es heredera clara del álbum blanco de los Beatles, con una letra que por momentos también parece haber salido de un viaje de ácido (debajo de tu piel hay una alfombra entre tus pies). Aunque si de letras bizarras se trata, el premio se lo lleva “Para que no digas que no pienso en ti”, una canción juguetona, de las que más ha permanecido en el gusto de la gente y que inicia con una verdadera perla de la poesía mexicana “Ando buscando las formas ocultas de una mantarraya con neurosis ausente”. “Estás dormida” es de mis canciones favoritas de la historia, una canción que aparece con frescura a la mitad del disco y que sirve para equilibrar la densidad de una obra compleja; es, además, la única canción de Marcovich que grabó el grupo.     

Aquí les dejo un video de “Estás dormida” en vivo con harta trivia (está la alineación completa de Caifanes, a Saúl se le olvida la letra, Sabo se equivoca en un momento con el bajo y Diego todavía podía tocar el saxofón). Además, “Nos vamos juntos” en la versión de estudio y un plus: Saúl Hernández, Alejandro Marcovich y Alfonso André haciendo como que tocan con Laureano Brizuela para un programa de tele.

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