Silencio: Sigur Ros ( )

A veces el mundo es demasiado. A veces, uno necesita detenerse por un segundo, respirar profundo 3 o 4 veces, dejar de pensar en todas las cosas que suceden  y en la vida de uno y que abruman y no dan tiempo de un descanso. A veces uno ni siquiera es consciente de que necesita una pausa, y entonces aparece Sigur Rós.

Islandia es un país pequeño y, por muchas razones, misterioso. Una isla perdida entre Europa y Groenlandia. Parajes fríos, playas rocosas, fiordos, montañas y glaciares. En todo el país viven aproximadamente 330 mil habitantes, lo cual es apenas comprensible para alguien que convive todos los días con más de 20 millones de chilangos y mexiquenses. Un pueblo que entre su gastronomía cuenta con un platillo conocido como “Tiburón podrido” y los escrotos de carnero marinado.  Es un país tranquilo, con alto grado de bienestar, servicios gratuitos de salud y educación y un alto desarrollo tecnológico. Todas estas características hacen que la gente que vive ahí sea, por decir lo menos, peculiar. Estoy seguro de que, si yo viviera ahí con tan poquita gente, todo resuelto y además días en los que el sol no sale, ya me habría suicidado.

Sin embargo, parece que los islandeses sobre llevan bien las cosas. Previsiblemente, la música que ha salido de ahí es rara y dentro de su rareza le han dado dos muy grandes aportaciones al pop del mundo: Björk y Sigur Ros.

A Sigur Ros lo fuimos conociendo de a poquito. Era imposible que una banda islandesa de ambient – post rock  con toques minimalistas irrumpiera de golpe en los oídos del mundo. Yo llegué a ellos de una manera muy extraña. La primera vez que los escuché fue por un disco que me prestaron en la oficina donde trabajaba hace casi 6 años, el soundtrack de Vanilla Sky, el espantoso remake que Cameron Crowe hizo a Abre los Ojos del español Alejandro Amenabar. Debo admitir que el soundtrack era muy bueno, y que me permitió conocer cosas que no había escuchado hasta ese momento, como el propio Sigur Ros o los Red House Painters, luego comencé a seguirlos más y justo en ese momento comenzaban a convertirse en un éxito internacional.

() es su segundo disco. La crítica lo recibió muy bien aunque muchos se quejaron amargamente de que su sonido era el mismo que el de su primer disco Ágætis Byrjun. Puede ser, pero a mí este segundo disco es el que más me gusta de la banda, siento un sonido más maduro y es, también, mucho más clavado.

Describir la música de Sigur Ros es difícil. Si estuviéramos hablando de lenguaje cinematográfico, deberíamos pensar en planos-secuencia eternos (un plano secuencia es esencialmente, una secuencia filmada en una sola toma, sin cortes y sin ediciones), con movimientos de cámara muy lentos sobre una gran planicie empedrada y muy verde, ocasionalmente invadidas por haces de luz azul o morada, que poco a poco va dando paso a un mar calmo. Musicalmente son canciones pausadas, pianos, órganos y chelos que tocan notas largas que muchas veces descansan sobre sonido de estática o de ruido blanco. Y Jonsi cantando con voz de falsete que podría ser la voz de un duende.

Las canciones, como el disco, no tienen nombre y van de Untitled 1 a Untitled 8 (aunque después el grupo publicaría en su página de internet nombres alternativos para cada canción. Las primeras tres canciones lo sumen a uno en una especie de melancolía feliz, son tonos más bien alegres que están mucho más cerca del post rock clásico (estilo Mogwai o Explotions in the Sky). Y poco a poco, conforme avanza el disco, los tonos se van oscureciendo, como si uno fuera entrando a un bosque en un paraje desolado, donde la vegetación comienza a hacerse de repente más tupida, los árboles más altos, la bruma más espesa hasta que de repente no hay luz y sólo es este sentimiento de encontrarse indefenso frente a una naturaleza salvaje e interminable, en la que, sin embargo, uno sabe que está seguro.

La música obliga a esa pausa casi cercana a la meditación. Se trata de acostarse y cerrar los ojos y dejarse ir sin pensar en nada, sin asirse a las preocupaciones diarias, sólo escuchar la música y esperar a ver a dónde te lleva. He pasado muchas madrugadas escuchándolo, cuando la ciudad por fin descansa y el silencio, cada vez más difícil de encontrar, da oportunidad abstraerse de la vida de uno.

Sin embargo, tengo un recuerdo muy particular con Untitled 1 y 2. Durante muchos años, fui asiduo asistente al Festival de Coachella, en Indio California. Ya saben, chorros de bandas, 5 escenarios, cerveza, californianas en ropas mínimas… una fiestota, pues. Cuando vamos al festival solemos rentar una casa en Palm Springs, que está a aproximadamente 20 minutos del Festival en situación normal pero que con el tráfico representa un regreso de casi una hora. La pelea por poner música era encarnizada y recuerdo una noche en que la gané, después de un día especialmente intenso, y regresamos escuchando a Sigur Ros. La música, las luces de la carretera, los cigarros, y todos los ocupantes del coche sumidos en el silencio, sólo escuchando.

Los dejo con Untitled 1 y 5, esta última quizá la canción más famosa del disco.

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One night to push and scream, and then relief: The Knife “Deep Cuts”

Cuando regresé al DF después de pasar un tiempo conviviendo con chicas madrileñas metaleras y españoles tetos me encontré a una ciudad que estaba cambiando. De repente, el DF había entrado al circuito internacional de conciertos y comenzaban a tocar aquí grupos grandes, conciertos que para alguien de mi generación, eran inimaginables en la ciudad. Pero quizá lo más emocionante es que se sentía una ciudad viva. La escena musical estaba despertando, desde Coapa hasta Satélite empezaban a salir bandas, algunas muy malas, otras malas, otras regulares y algunas muy buenas. Y también estaba este circuito de fiestas semi clandestinas en la Roma y en el Centro y de inauguraciones de exposiciones que tornaban de la nada en fiestones épicos.

Mi historia con The Knife comienza en una de estas fiestas. Fue en una antigua casona en la calle de Venustiano Carranza o una muy parecida. Habíamos ido porque tocaba el hermano de Maira, que en aquél entonces se hacía llamar DJ Prophet. La cosa no salió muy bien, y no fue por la música que ponía, sino porque también estaba programado para tocar Zemmoa (este dj trasvesti ultrafashion que hoy resulta ser una celebridad entre la hipsteriza) y algunos de sus protegidos. Ellos llegaban a todas las fiestas con un séquito que, como hizo con Abraham, abucheaba a quién no perteneciera al círculo cercano de est@ muchach@. Cuando Abraham bajó del escenario, yo no había terminado mi trago, así que por necedad mía nos quedamos a escuchar un pedazo del primer protegido de Zemmoa, quien se presentaba como DJ Knife.

De repente me quedé hipnotizado (y sin uso de sustancia alguna, neto). La música que ponía este chavo estaba, por resumirlo en una un par de palabras, muy chingona. Era rara, pero seductora; el ritmo invitaba a mover los pies y de alguna forma remitía como a una de estas escenas de película de David Lynch en la que de la nada se abre una cortina roja y sale un enano con un cuerno en la cabeza que empieza a bailar o a una de las fotos más extrañas de Cindy Sherman. Y a pesar de la voz de Karin Dreijer es, por decir lo menos, muy bizarra, toda la cosa exudaba un erotismo bien cabrón.

Maira insistía en que ya nos fuéramos porque ya le había cagado el asunto y había otra fiesta en Regina o en la San Rafael o no recuerdo bien dónde. Con todo el dolor de mi corazón tuve que decirle que, por favor, esperáramos un poco porque ese chavo era muy bueno.

–Nel, ya vámonos—me contestó—ese güey hace trampa, todo lo que pone es de The Knife, así que mejor te buscas los discos y los oyes en tu casa. Y así fue, cuando por fin me recuperé de una fiesta que había terminado a las 9 de la mañana (sí, creo que fuimos a Regina, y a la San Rafael y a no sé dónde más) corrí a mi computadora a buscar los discos de esta gente. En resumen, The Knife es una banda sueca de electro pop formada por los hermanos Karen y Olof Dreijer, se formaron en 1999, tienen tres discos de estudio y son bien raros, no les gusta dar conciertos y cuando los dan salen disfrazados como si fueran a participar en alguna actividad sado masoquista.

Tengo en un lugar bien resguardado de mi corazón tanto el Silent Shout de 2006 como el Deep Cuts de 2003, pero es este que acabo de mencionar al que me voy a referir. Y de hecho, no voy a hablar de todo el disco, a pesar de que todo es una joya, de que se puede escuchar incansablemente como de hecho me ha pasado y de que trae grandes canciones como Girls’ Night Out, Pass This On y la poderosa, violenta, sexosa y retadora You Take My Breath Away, sólo voy a hablar de una canción.

Heartbeats es, en mi lista muy personal, subjetiva y todo lo demás, la mejor canción de la década pasada (bueno, en la lista de Pitchfork de las mejores 500 canciones del 2001 al 2010 aparece en el lugar 15 y delante de ella puro gigante desde Arcade Fire hasta Outkast, pasando por Daft Punk, Radiohead y puro grande más).  La canción es una línea electrónica pop feliz, cencerro y tambores,  y con una letra espectacular.

Uno puede imaginar la escena, la pasión que ha estado contenida por muchos días, meses quizá, una amistad de esas que se va volviendo otra cosa, y luego una noche de confusión, quizá borrachos, quizá con algo más encima, las manos que se toman mientras los dos se empiezan a decir netas.

“One night of magic rush,

the start a simple touch,

one night to push and scream

and then relief”.

Y luego todo sucede, un roce de más que saca chispas, los cuerpos que se acercan como si se conocieran de mucho tiempo atrás, las bocas que se unen, la saliva que se funde y deja un olor a intenso que podría ser desagradable pero sólo sabes que te atrae. Y no hay nada más que hacer que dejarse ir con una corriente que no sabes a dónde te llevará, pero que tampoco te importa, porque lo único que está es el sonido de dos corazones que palpitan a su ritmo y comparten la oscuridad de la noche.

“and you… you knew the hand of a devil

And you… kept us awake with wolves teeth

Sharing different heartbeats in one night”.

Y después de eso, ya nada es igual.

La canción es poderosa, si la oyes en esta versión o si la oyes en la de José González, que con toda la cursilería que se carga, me gusta mucho también. Y eso te dice que es una buena canción. Incluso, la versión en vivo de The Knife, que es mucho más oscura, mucho más densa y al mismo tiempo mucho más simple, tiene su propia belleza.

Los dejo con la versión original de Heartbeats, la versión de José González, la versión en vivo y, nomás para no dejar, el video de “You Take My Breath Away”.

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Cambio en las actualizaciones

Amigos,

Dada la carga de trabajo, otro proyecto del que espero pronto tengan noticias y para no quedarles mal, de aquí a que acabe el año el blog se estará actualizando sólo una vez a la semana, los martes, pero sin fallar. Por aquí los espero.

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Amor digital y momentos perfectos: Daft Punk “Discovery”

Francia le ha dado al mundo muchas cosas. Libertad, igualdad y fraternidad; baguettes, quesos, y vino; fotógrafos como Daguerre (de hecho, el padre de la fotografía), Cartier Bresson y Doisneau; pintores de los que uno puede llegar a ser muy fan como Delacroix, Gericault y Courbet; cineastas que nos cambiaron la forma de ver el mundo como Godard (el de los sesentas y setentas, no el pacheco que empezó a hacer cine de los ochenta para acá), François Truffaut (hijos, el entrañable Truffaut) o recientemente Michelle Gondry; gigantes de la literatura como Stendhal (¿por qué la gente no lee más a Stendhal?), Flaubert, Benjamin Constant, Victor Hugo (bueno pues, y para los más clavados los poetas malditos también) y, aunque sus aportaciones han sido menores en el futbol, no podemos olvidar que nos dieron a Platini y a Zidane.

Pero haciendo cuentas, ya en el balance, como que en la música nos han quedado a deber. Y a pesar de que me estoy refiriendo en particular a la música de la que generalmente hablo en este blog y que me gusta a mí y a mis amigos, la cosa se extiende a todas las épocas y los estilos. Como que comer mucha queso apestoso el echa a perder el oído a la gente. En lo que nos atañe en este blog, quiero destacar la gigantesca (y muchas veces poco valorada) aportación que hizo el maestro Serge Gainsbourg con toda su osadía, su sexosidad, su lírica y las melodías que suenan tan francesas y al mismo tiempo tan universales. Hay una cantante, que también entre otras cosas cantó canciones de Gainsbourg, que me gusta mucho y que tuvo el pico de su carrera en los setenta llamada France Galle.

Pero como que de repente hubo una pausa y no pasó nada. Nada que me interese por lo menos. Y luego empezaron a salir cosas apenas ya a finales de los noventa y en la década pasada. Air y Phoenix, por ejemplo, que la verdad me gustan mucho. Pero creo que la gran Revolución que vino de Francia (o sea, después de la de Robespierre, Marat, Danton y tal) fue la que inició Daft Punk. Música electrónica sólida, que a muchos que habíamos coqueteado con los sonidos del synth pop nos terminó de convencer. Discovery no fue su primer disco, cuando salió en 2001, ya el mundo los conocía por Homework, que habían publicado en 1997, pero que discazo.

Yo, como toda la gente, había escuchado One More Time una y otra vez, porque además resulta que esa canción en particular tuvo un éxito comercial impresionante, al grado de que gente con la que tradicionalmente no he tenido nada que ver en materia musical se la sabe, la canta o la recuerda, en cualquier orden. Entré con recelo a Daft Punk porque todavía quedaban en mí resabios de esa cosa preparatoriana que ya les conté que decía de manera totalmente idiota que si te gustaba el rock entonces no te gustaba el electrónico.

A pesar de ya conocer muy bien a New Order y a Depeche Mode, mi idea de la música electrónica, sobre todo la que se podía bailar, eran unos tipos agarrando pedazos de canciones de otras gentes para ponerlas sobre una base rítmica y construir algo que se baila y se desecha. El caso con Daft Punk es que no era para nada desechable, sino que por alguna razón sonaba universal y sonaba como que uno nunca iba a dejar de escucharlo. Y, además, resulta que estos tipos no se limitaban a construir sobre sampleos de otras canciones, sino que añadían música hecha por ellos.

Esto es muy claro en mi canción favorita del disco, Digital Love, que suena exactamente como debe sonar el amor en tiempos de robots. La canción está compuesta sobre la base de una rola de George Duke, músico de funk y Rythm & Blues, pero suena, justamente, digital, y como cosa curiosa en una canción bailable, tiene este poderosisisisisisísimo sólo de guitarra compuesto por Thomas Bangalter, uno de los dos robots que integran al grupo.

“Last night I had a dream about you

In this dream I’m dancing right beside you

And it looked like everyone was having fun

the kind of feeling I’ve waited so long”

Nuevamente tengo una imagen de carretera, el sol como ya queriendo irse a dormir detrás de las montañas que nos pegaban de lado, la chica que entonces era mi chica adormilada en el asiento del copiloto, yo, en un momento de cursilería absoluta, manejaba feliz, con la mitad de mi atención en el camino y la otra mitad en verla acurrucarse en el asiento y ocasionalmente abrir los ojos para ver si yo todavía seguía ahí. Y de repente sonó Digital Love.  Sí, todo era perfecto, a pesar del desastre que vendría después, sólo ese recuerdo hace que todo valiera la pena.

“The time is right to put my arms around you

You’re feeling right, You wrap your arms around too

But suddenly I feel the shining sun

Before I knew it this dream was all gone.”

Los discos de Daft Punk son buenísimos. Escuchar sus canciones en una fiesta es algo que siempre es bueno. Pero nada se compara a verlos en vivo. A pesar de mi reticencia a disfrutar de los actos en vivo con dos monitos con computadoras, créanme, Daft Punk está muy cabrón. Los dos con sus disfraces de robot encima de una pirámide de luces. La explosión multicolor que se secuencia con el ritmo de la música, el ambiente de gente que se deja ir y baila y baila y baila y termina por contagiarte con este espíritu de fiesta que te hace pensar que todo está bien, aunque sea sólo por las dos horas en las que lo único que puedes hacer es bailar con las otras 30 mil personas que están a tu lado.

Aquí les dejo Digital Love y una gran gran gran gran versión en vivo de One More Time. Además, como plus, la canción a partir de la cual hicieron Digital Love (que mejorada le dieron, caray).

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Música nueva (o casi)

Estimados amigos, amigas, lectores, lectoras, asiduos, ocasionales o recurrentes visitantes de este blog. Nuevamente, las complicaciones de la vida me han impedido actualizar el siguiente disco de la lista. Sin embargo, pa que no extrañen, quiero dejarles unos videitos de las cosas que están sonando de manera recurrente en mi Ipod durante las últimas semanas. Canciones que algo tienen y que son de esas que hipnotizan (por lo menos a mí) y que por alguna razón no aparecerán en la lista (las canciones, no necesariamente los grupos). A ver si les gustan.

The Decemberists, June Hymn: de su disco nuevo de 2011, melancolía con tintes country, muy adecuada para las tardes frías que nos están tocando en estos días. Versión grabada para una estación de radio.

The National, About Today: hijos, como describir la cosa esta que empieza con sonidos como para meterte en esta especie de bruma eléctrica, y luego la voz de Matt Berninger con el violín detrás. Apareció en el EP Cherry Three de 2004. Gran versión en vivo.

Faunts, Feel.Love.Thinking.Of: puro amor con circuitos electrónicos. Aquí el video.

Bon Iver, Blood Bank: De las mejores cosas que le ha pasado a la música en la década pasada. Aquí una rola del EP Blood Bank del 2009.

Disco Ruido: mexicanos y para bailotear a gusto.Y en vivo suenan re bien.

Elvis Costello, Radio Radio: un clacicazo de 1979.

Les Savy Fav, Lets Get Out of Here: de 2010, una declaración rockera y sincerota.

New Order, Ceremony. Otro gran clásico, versión en vivo de 1984.

The Pains of Being Pure at Heart, Everything With You. Rockcito feliz para ponerse contento.

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De viaje por el sol de Madrí: Los Planetas “Super 8”

Cuando llegué a vivir a Madrid, en realidad no tenía mucha idea de cómo andaba la escena musical española. Conocía lo que conocimos todos en los 80 y 90 y había escuchado algunas cosas, muy pocas, la verdad, de Los Fresones Rebeldes y de Los Planetas, y tampoco es que les hubiera puesto demasiada atención. No tenía idea del gran trabajo que estaba haciendo la disquera esta Elefant Records, que había editado ya a bandas como La Monja Enana, Le Mans y Family (un grupo seminal que, de hecho, yo no conocería sino hasta varios años después y con el cual nacería una relación de amor profundo y desinteresado de la cual ya les contaré después). Tampoco le había puesto atención al trabajo de otra gran disquera, Subterfuge Records, que entre otras cosas editó a los propios Fresones Rebeldes y a Pauline en la Playa. Vamos, creo que llegué a España pensando que toda la música que hacían allá era como la de los Hombres G (bueno, reconocía ya a Lucha de Gigantes como una de las mejores canciones que se hayan escrito en castellano, pero nada, pues).

Sí, viviendo en Madrid salía de bares con alguna regularidad. De hecho, allá descubrí los placeres de salir de bares sólo, pues la mayoría de la gente con la que convivía en aquellos lares o estaba en esta onda espantosa de los bares de Huertas donde se oía a lo de “dame más gasolina” o a David Bisbal y esas cosas, o les gustaba ir al Pacha a escuchar electrónica de esa pinchona o simplemente no les gustaba salir de bares, mientras que yo prefería la estridencia y el ambiente más cutre del barrio de Malasaña.

Aquí tengo que hacer un paréntesis para hablar de la vida de la gente que pone música en bares.  En general, los pinchadiscos del mundo tienen dos tipos de pesadilla, una es el tipo este que está todo el tiempo pidiendo que le pongan una canción y que llegan a ser insoportables; por otro lado están los fans from hell, que acuden con exagerada frecuencia a preguntarles por la canción que está sonando. Yo soy de la pesadilla clase 2. Pero es que, de verdad, me angustia el asunto de escuchar una canción, que me guste y nunca más tener la posibilidad de volver a oírla.

En Madrid solía comenzar la noche en un barecito de la calle de Valverde llamado el 24. La música era buena y siempre se podía encontrar a alguien con quien convivir. De ahí la noche podía moverse a cualquier lado (al mítico Vía Láctea, por ejemplo, o a un bar mucho más chico que siempre estaba atascado pero que me gustaba porque era un altar para el punk, cuyo nombre era Nueva Visión pero que era conocido por todos como Los Ramones). A fuerza de asistir al 24, y a fuerza de preguntar por las canciones que ponían, se comenzó a forjar una especie de amistad con el de las tornamesas, que me llevaba cd’s con la música que ponía y con el bartender, que era un tipo espigado, de pelo largo, barbón y muy flaco, onda Dave Grohl, que en cuánto me veía entrar al bar me ponía un botellín de Mahou 5 Estrellas en la barra. En uno de esos CD’s venía “Un buen día” de Los Planetas. Además, comenzó a suceder un fenómeno muy curioso, de las tantas veces que me acerqué a preguntar por alguna canción en distintos bares, un buen porcentaje comenzaron a ser canciones de ellos. Dado lo anterior, no pude más que ir a la FNAC de Callao, (que era a la que más iba porque me gustaba ver gente que paseaba en Sol) y comprar algo de Los Planetas. Y lo que compré fue Super 8, su primer disco.

Un poquito de historia. La banda la formaron Jota y Florent por ahí de 1990, y originalmente se llamaban Los Subterráneos en honor, como hubiera hecho cualquier rocker forever, como ellos y como uno, medio a The Velvet Underground y medio a la novela de Jack Kerouack. Se cambiaron de nombre a Los Planetas en 92 y en 94 grabaron su primer LP.

Lo que significó para mí fue enorme. Era la primera banda de rock (y con todas las letras porque Los Planetas hacen rock y no mamadas) que escuchaba en español y cuyas letras, a diferencia de lo que acostumbrábamos en México, no estaban sujetas a la tiranía impuesta por Caifanes que las hacía ininteligibles a fuerza de mezclar palabras místicas inconexas. Las letras eran simples y contaban historias. Y lo mejor de todo es que sonaban bien. Además, musicalmente se ajustaban precísamente a lo que necesitaba en aquél momento: muchos tintes punks, guitarras sucias que recordaban a The Jesus and Mary Chain y riffs que, por momentos, sonaban al mejor Pixies. Desde “Jesús”, una oda eléctrica al fracaso hasta la calma espacial de “10,000”, llena de guitarras distorsionadas y harto flanger, el disco te atrapa y te obliga a visitarlo de manera constante.

Hay tres canciones en particular a las que me quiero referir. La primera es la canción con la que inicia el disco, llamada De Viaje. De repente pones el CD en el reproductor y sin darte cuenta estás envuelto en las notas muy simples, que escalan en cuatro cuartos, y que te hacen sentir como si hubieras abordado una nave espacial. Y luego la voz de Jota, invitando a la chica a subir con él y a salir volando hacia el sol ya que “no queda nada que prolongue mi parada en este mundo, ni un solo minuto.

Luego está ¿Qué puedo hacer?, una canción punk, que suena fresca y feliz y que esencialmente habla de la obsesión amorosa, esa en la que todos hemos caído alguna vez:

Y una vez más,

he intentado convencerte,

pero todo sigue igual

que todos estos años.

Y una vez más

de qué me sirve intentarlo

si ni siquiera me vas a escuchar.

¿Estoy equivocado?

Imposible no sentirse identificado con esta elegía del amor obsesivo, esa que nos ha hecho stalkear gente y necear y necear, aunque está claro que la cosa no va para ningún lado y nomás nos estamos partiendo la madre.

Y finalmente: Brigitte. Una canción de desamor en toda forma. Pero con un twist bien interesante. La letra, habla de esta chica que ha dejado al muchacho porque le perdió la confianza. Aparentemente, esta pérdida de confianza está basada en razones infundadas. “A veces quiero estar así, a veces sólo quiero huir, a veces pienso que tan solo ha sido un sueño y que aún estás aquí”. Triste. Sin embargo, la música no se clava en la tristeza, y te lleva, más bien, a una especie de tranquilidad resignada que de alguna forma te hace sentir bien.

Los Planetas me acompañaron en toda mi estancia española, en interminables caminatas que iniciaban en la Puerta de Toledo y terminaban en cualquier parte, cuando bajaba del metro cuidando de no introducir el pie entre coche y andén, en las bochornosas y larguísimas tardes del verano madrileño, y aún ahora los sigo escuchando frecuentemente. A veces lo hago con malancolía, a veces con euforia y muchas veces simplemente con esta sensación de estar contento por estas escuchando algo tan bien hecho.

Les dejo una versión en vivo de “De viaje” grabada para los míticos “Conciertos de Radio 3”, que tanto alimentaron el buen gusto musical en España. Además videos de “¿Qué puedo hacer?” y “Brigitte”.

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